24 jun. 2010

Crítica

El Beso de la Mujer Araña (1976) Desde el comienzo, la narración es reproducción para convertir el diálogo de un prisionero en un producto de Hollywood. Los personajes son habilitados a formar parte de un mundo que les ha excluido al definirlos como desviados (un comunista y un homosexual, que se convierten en un “peligro” para la sociedad) al apoderase de aquello que pertenece al gusto burgués y que les ha sido negado.

Omite descripciones grotescas o desagradables (propias de una prisión) y se extiende en presentar con todo detalle las películas. De este modo, se cuida de no saturar al lector con imágenes de una prisión (de hecho la única imagen es la celda) y así crea un espacio vacío para que se pueda instaurar la realidad artificiosa del cine
Los personajes, emulan personas grises, aburridas, que viven en la sombra, encerrados en las formas de vida y en los roles de la clase media y media-baja Argentina. Estos personajes chocan con los modelos de Hollywood: el glamour, lo bello, el misterio, lo poco convencional, las pasiones, adornados con el brillo de todo lo que no existe en una vida común.

En El Beso de la Mujer Araña se presentan sujetos muy estereotipados, tanto los personajes de la cárcel como los de las películas que mencionan. Molina y Valentín están detenidos, en un espacio físico ,pero en sus primeras conversaciones, se muestran también presos en sus roles: uno, en el de homosexual y, el otro, en el de activista político. Ambos papeles son contradictoriamente muy limitados, porque, aunque son sujetos del margen, se representan del modo más trillado: Molina; débil, afeminado, cursi, emotivo, admirador del cine y la ópera, y Valentín: marxista crítico, dogmático, resentido hacia las clases altas, lector de política y filosofía. Estos estereotipos funcionan como segunda prisión de los personajes. Incluso modelos desgastados que van al extremo de la bondad, el afecto y la generosidad que persiguen una empatía que desarme el estigma social.

El espectador encantado por el espectáculo admira el lugar del excéntrico, del raro, que atrae por su divergencia. La distinción ofrece la marca de los excluidos, que no encajan por sus extravagancias; tanto Molina como Valentín son raros, no están presos por ser delincuentes sino por ser diferentes. Paralelamente, la protagonista de la película preferida de ambos es un ser raro, “A ella se le ve que algo raro tiene, que no es una mujer como todas” (53). En este sentido, Hollywood salva esos espacios rechazados por la sociedad y en el rescate del estereotipo se abre un espacio de liberación. De este modo, se enfrenta la vida de aquellos que van al cine, un lugar que valora a los marginados, para esos seres que no encajan en la vida cotidiana existe un protagonista con quien identificarse. Así lo raro pasa de un lugar secundario y oculto al centro del espectáculo.

Al igual que el cine de Hollywood, Manuel Puig construye personajes cargados de emocionalidad, dentro de historias marcadas por el sacrificio, la infelicidad y el sentimentalismo. Sumado a ello, asume formas asociadas al melodrama, propio del folletín y las radionovelas, en narraciones que no parecen responder a las características de los géneros menores. Como la mejor o la peor película de Hollywood, se ocupa de la emoción hasta llevarla al extremo, en la evidencia de esta suerte de atracción inexplicable que ejerce el melodrama en los espectadores. Y al contrario de lo que podríamos esperar se permite una liberación, en el mundo de lo afectado y presuntuoso los personajes viven las experiencias más complejas (recordemos que es este universo de sentimientos el que muda a Molina y a Valentín).

El melodrama, como género marginado de la “alta cultura”, se vuelve el marco perfecto para reconocer a dos personajes también marginados de la sociedad. Este tipo de seres transgresores son suavizados por el drama para que puedan ser valorados y aceptados por un amplio público. En esta construcción maquillada, Puig recoge el afecto y los sentimientos como estrategia para quebrar juicios rígidos a pesar de repetir modelos muy maniqueos. Por ejemplo, Molina, ocupando el lugar de la heroína, asume su obligación de morir por amor: el sacrificio como su más alta demostración. Con Valentín también funciona el personaje del héroe: está preso por defender sus convicciones y soporta las torturas antes de traicionar a sus compañeros.

De la misma forma, en todo melodrama alcanzar el amor es un ideal y la treta más clásica para conseguirlo es la seducción. Existe, una seducción obvia de parte de Molina hacia Valentín, que van desde el papel de la amante al de la madre. De este modo, el lector que se hace cómplice de la superposición de imágenes, se deja seducir por las descripciones de los filmes como cualquier espectador en una sala de cine, descansa de la posibilidad de tener que enfrentar la realidad. Y es que evadir es la única posibilidad de elección, ya que en la representación de las normas, de los roles y de las formas de control social, se vuelve imposible que ninguno de sus personajes pueda cambiar el destino del melodrama.

El pacto con los temas vinculados a los géneros menores, como el melodrama, cautiva al lector hacia otro lugar. Estas historias, seductoras en sí, expresan el drama de estos sujetos atrapados en la dureza de las condiciones sociales. Y, así, el lector no comprende en cuándo se quebró el estereotipo melodramático y se abre el espacio de la duda, en referencias a los prejuicios que existen en relación con estas subjetividades.

Manuel Puig .escritor best-seller, incluido en el canon de la literatura latinoamericana, consagrado por Hollywood gracias a la filmación de El Beso de la Mujer Araña, supo exactamente cómo a partir de lo marginal de la cultura entrar en el campo literario. Así la apuesta por formas tan poco valoradas por los círculos académicos produjo una nueva comprensión, sorpresa y seducción para el lector. Asimismo, dio paso a una nueva lectura de aquellos espacios sociales y sujetos ocultos en el prejuicio, en una manera de superar el estereotipo y el mal gusto que significó explorarlos al extremo.


JEREZ MARCELA DEL VALLE

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